hoja_de_Coca

La coca está viva en el altiplano americano. Aquí las personas la mastican como en otros lares se persignan. Hoja a hoja se llenan la boca de paisajes, mientras conversan, mientras trabajan, mientras sueñan, mientras caminan por el cerro. Se ha tenido que crear el verbo “coquear”, para esa ceremonia rutinaria de estimular los sentidos a través de la masticación de la hoja sagrada.
De la hoja de coca se ha hecho un sinfín de derivados: infusiones, mates, ungüentos, caramelos, condimentos, y se le procesa para obtener la cocaína. Pero el consumo de la hoja de coca no tiene nada que ver con la droga. Con socarronería nos dicen los masticadores, que pensar que al masticar hoja de coca se va a obtener cocaína, es como creer que masticando muchas uvas se va a obtener vino.
Los masticadores, desde que descubrieron los efectos de esta hoja, la han considerado sagrada. Su uso ha servido para conectar lo terrenal con lo espiritual, y como consecuencia de una de esas formas de conexión, la gente podía curarse de enfermedades. En la comunidad de Angosto del Perchel, cerca de la ciudad de Tircala en el Norte de Argentina, vive Simplicia Guanca, una sanadora de 84 años, que utiliza la coca como método de diagnóstico. Ella pide a cada paciente que traiga sus hojas de coca envueltas en alguna prenda personal, y mientras ella mastica sus propias hojas, hace una tirada de las hojas del paciente, para ver si le puede curar con la medicina ancestral o si le deriva a la medicina química, como Simplicia denomina a la medicina hospitalaria.
Las personas que viven en esta región acuden primero a donde la amauta, antes de hacerse un tratamiento convencional o una intervención quirúrgica. Y la sanadora sabiamente les recomienda lo mejor de las dos medicinas. Sabios como Simplicia Guanca son poderosos, porque saben combinar su conocimiento con el sentido común. (Óscar Jara Albán – Ruta Inka 2016)

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